El Manifiesto del Surrealismo Cognitivo

Por LVCCA

Durante mucho tiempo, el surrealismo se dedicó a retratar el sueño, ese lugar donde las reglas se apagan. Pero a mí no me interesó el descanso. Mi obsesión es la vigilia: ese ruido constante que ocurre detrás de mis ojos cuando intento darle orden al mundo o a mi mundo a través de mis ojos y mi mente. Lo que yo hago no es fantástico, es profundamente real, aunque no sea visible.

Nace de la necesidad de entender lo que ocurre en la mente cuando la lógica ya no alcanza, cuando la razón se quiebra y aun así insiste en seguir funcionando. No trabajo desde el sueño ingenuo ni desde el automatismo inconsciente; trabajo desde la conciencia que se cuestiona, que se contradice, que se observa a sí misma mientras se desmorona, ahondar en ese lado B del ser humano, donde existen prejuicios, miedos, pasiones, excesos, es una zona activa de nuestra conciencia que no se admite en público o rara vez se hace, no es lo opuesto a la identidad, es el reveso inevitable de cada ser humano.

El “Surrealismo Cognitivo” se adentra en ese territorio sin intención de juzgarlo, ni justificarlo. Lo observa. Lo expone. Parte de la premisa de que la mente humana no es un sistema limpio, ni coherente, sino un entramado de impulsos contradictorios donde conviven la lucidez y el instinto, la ética y el deseo, el autocontrol y la pulsión destructiva; todo converge en una paz equilibrada en la mayoría de los casos.

Ese lado B se manifiesta en pensamientos recurrentes, en imágenes mentales que incomodan, en impulsos que se reprimen para sostener una identidad social aceptable. Sin embargo, cuanto más se ocultan, más fuerza adquieren. El prejuicio se vuelve estructura mental, el miedo se disfraza de certeza, la pasión se transforma en obsesión y el exceso aparece como válvula de escape.

Mi pintura y escultura, desde esta perspectiva, funciona como un espacio de descompresión cognitiva. No representa escenas externas, sino estados internos: tensiones, fracturas, zonas de ambigüedad moral. La figura humana deja de ser un retrato para convertirse en un campo simbólico donde se proyectan estas fuerzas ocultas de nuestro subconsciente e inconsciente. El cuerpo, el gesto y el espacio se deforman porque la mente también lo hace.

Reconocerlo y expresarlo en mi obra artística es aceptar que la conciencia no es un territorio estable ni transparente. Que la identidad se construye tanto desde lo que se muestra como desde lo que se reprime. El “Surrealismo Cognitivo” no busca redimir ni condenar estos aspectos. Los coloca frente al espectador como un espejo incómodo. La obra no ofrece alivio, ofrece reconocimiento. Y en ese reconocimiento, surge una posibilidad: no de control absoluto, sino de comprensión profunda de lo que realmente nos habita.

Pinto y esculpo ideas en conflicto. Pensamientos que no encajan. Emociones que no obedecen. La imagen aparece como resultado de ese choque: entre lo que sé, lo que siento y lo que no logro controlar. No busco armonía; busco fricción. Ahí es donde la verdad comienza a filtrarse.

La figura humana, el símbolo y el espacio no representan historias cerradas. Son restos, huellas, fragmentos de identidad. Son intentos fallidos de orden. Cada obra es una mente expuesta, incluida la mía. No hay distancia entre lo que creo y lo que soy.

Para mí el “Surrealismo Cognitivo” no es solo un cuerpo o un rostro; es el registro de una colisión entre la lógica y la memoria. Entiendo el lienzo y la plastilina como laboratorios donde puedo diseccionar cómo se siente un pensamiento antes de ser domesticado por las palabras. Es ese estado crudo de la conciencia donde las ideas aún tienen aristas, donde el ruido mental es tan denso que casi se puede tocar.

En mi proceso, la textura es el lenguaje del pensamiento. Una grieta en la piel o una mancha en el cuadro no son accidentes estéticos; son mapas de una percepción que se fragmenta. Mi trabajo no busca que el espectador «entienda» una escena, sino que reconozca en mi trabajo la misma arquitectura caótica que lleva dentro, también con una denuncia social que vivimos en nuestros tiempos.

No creo lo que veo, sino el filtro con el que mi cerebro deforma la realidad, cada hemisferio de mi cerebro lo dejo fluir de manera individual sin simetría. Busco ese punto de quiebre donde la razón se rinde y la conciencia se vuelve, finalmente, materia. Esto no es un escape de la realidad; es un intento por tocar la estructura de lo que nos hace humanos.

Mi obra no nace con la intención de agradar, ni de ocupar un espacio de forma pasiva. No está pensada para decorar muros ni para integrarse de manera complaciente a un entorno. Su función no es armonizar, sino interrumpir. No acompaña al espectador: lo enfrenta y generar una fricción mental e intelectual, Cada pieza exige tiempo, disposición y una mirada dispuesta a aceptar la ambigüedad.

Para mi el Arte Perpetúa el Éxtasis Creador y la Expansión del Alma.